Cada persona es su propio verdugo, que se condena a si mismo a vivir en un infierno hecho a su medida, crea sus demonios, los alimenta y los ve crecer hasta que están preparados para poder
lograr su objetivo, y empezar al fin a infligir castigos, causar sufrimiento y dolor, y ser la cara de la desesperación, la desgracia y la desdicha.
Pero nosotros no solo somos sus creadores, cumplimos un doble papel de victimas y victimarios, somos atormentados por nuestra propia creación. A pesar de todo, seguimos patrocinando su crecimiento, les alimentamos con nuestro dolor, y ellos ingratamente muerden la mano que les da de comer.
Si se es lo suficientemente fuerte habrá un punto en que seremos capaces de negarles el alimento, y estos se debilitaran poco a poco hasta perder el control que tenían sobre ti, tal vez desaparezcan,
tal vez seas capaz de ignorarlos hasta el punto de que sean menos que un malestar ocasional que con el tiempo olvidaras como si de un mal sueño se tratasen.
Pero también podrías quedar por siempre atrapado en ese infierno, como en una pesadilla de la que no puedes escapar, consumiéndote lentamente hasta que no tengas nada que ofrecer, convertido en una sombra de ti mismo, incapaz de tener algún sentimiento positivo, sin pensamientos que arrojen luz a este oscuro y profundo abismo en el que se ha convertido tu realidad, siendo controlado como vil títere
por tus miedos y siendo presa de un sufrimiento sin fin, hasta que te consumes y te echas al olvido, siendo tan solo un recuerdo amargo para quienes conociste, que se apresuraran a enterrar en un pasado que se esforzaran por dejar atrás.
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